Por Caro Yañez, psicóloga organizacional, mentora y coach. Autora del libro Crescendo Colaborativo. IG caroyanezcl
Somos malabaristas profesionales, vamos ofreciendo ayuda (sin que nos la pidan), sobrecargando nuestras agendas con actividades que son prescindibles, resolviendo la vida de otros-todos, quemando nuestras energías y no precisamente en el gimnasio. Vamos tachando nuestra lista de pendientes, pero al rato esa misma lista, va creciendo como la espuma en el mismo día. Nos proclamamos infinitas, aunque vivimos escindidas entre el hacer y el deber, divorciándonos del ser.
Somatizamos, nos prometemos que nunca más “algo” y antes de levantarnos por la mañana, ya estamos con nuestra agenda mental cargada, fustigándonos y bombardeando nuestra conciencia, con la culpa y el miedo de no ser suficientes.
Y aquí, poner atención o poner “a tensión”, el concepto que nos auspicia en nuestras acciones es: “en paralelo”, porque siempre es “en paralelo”. Somos las reinas de la ubicuidad y nos hacemos expertas en anticipar, organizar y contener.
Tenemos tan llena nuestra agenda emocional, que la agenda “the real agenda” con calendario y horarios, se vuelve una extensión de nuestro cuerpo, en la que simplemente vamos tachando o accionando a favor de la producción, porque al final de día sí cumplimos, pero a un costo altísimo.
Sin embargo, en algún intervalo lúcido (dure lo que dure), nos vemos tal cual somos, oprimidas, vulnerables, con la taquicardia a tope y con la pastillita de moda, intentando poner paños fríos a una guerra declarada.
Una mezcla entre tristeza y cansancio o quizás algo a lo que no podemos ponerle nombre. Es un encuentro con la verdad descarnada, frente a una salud mental suplicante de atención.
En Chile una de cada cinco mujeres, presenta algún tipo de malestar psicológico, siendo la ansiedad y la depresión las más recurrentes, afectándonos más significativamente que a los hombres. Es paradójico pensar, que mientras más mal nos sentimos, menos hacemos caso a repararnos, recomponernos, sanarnos; y más actividades realizamos, como metiendo la basura debajo de la alfombra, sin reconocerlo, ni menos sincerándonos. Estamos en un momento de la vida que optamos, porque sí lo hacemos, optamos por seguir funcionando, cuando por dentro estamos rotas.
El título de esta columna nos embriaga y ha sido una bandera de lucha por siglos: “Las mujeres podemos con todo”, bien, mal, más o menos; seguimos sosteniendo pesadas estructuras, que muchas veces ni siquiera son nuestras. Pero tanto va el cántaro al agua…que al fin se rompe.
¿Y qué cambios aparecen? Alteraciones en el sueño, conflictos con la ingesta de comida, desafíos intestinales (sincerémonos), irritabilidad, sensación de cansancio, baja concentración, acciones que antes nos causaban placer, hoy ni siquiera están en nuestra lista de favoritos; y esa sensación constante de estar al límite, a que en cualquier momento vamos a reventar. Nos quedamos atrapadas en un loop de agotamiento mental sostenido, donde la exigencia, supera sistemáticamente la capacidad de recuperación.
¿Cuál es el principal desafío? Podría llenarlas de fórmulas y pasos para accionar y mantenerlas en un estado, si bien precario, algo funcional. Pero lo complejo acá es no reconocer, que no podremos liberarnos, si seguimos validando nuestra identidad, con base en responder pronto, cumplir y estar disponibles (todo el tiempo).
El acto más genuino y de un amor puro, comienza cuando “te eliges a ti misma”, suena cliché, pero si tienes una mínima carga de amor propio; detente y comienza a redefinir tus propios límites y luego los externos. (No tienes que hacer infinitas cosas y al mismo tiempo, para que te valoren)
Para que nuestra vida sea sostenible, debes vaciarte primero desde la más completa humildad, botar el ego y dejar espacio a lo nuevo.
PD: Consulta con un especialista en salud mental, lo antes posible, porque te queremos sana y feliz.








