Por Carolina Santelices

Psicóloga, experta en temas infanto juveniles y crianza.

En las últimas semanas, coincidiendo con el inicio del año escolar y el debate sobre la prohibición de celulares en los colegios, han surgido diversas opiniones. Por un lado, están quienes sostienen que su restricción es necesaria debido al impacto que tienen en la concentración, los aprendizajes y la convivencia entre pares. Por otro, han aparecido miradas pedagógicas que advierten que el problema no es el celular en sí, sino la falta de regulación y de educación en torno a su uso.
Sin embargo, en la etapa de la niñez y la adolescencia ambas dimensiones resultan necesarias y deben integrarse. Las normas o prohibiciones, cuando carecen de sentido para los estudiantes, tienden a percibirse como medidas punitivas y difícilmente abren espacio al aprendizaje. La norma por sí sola no basta, ya que sin una educación que aborde los efectos del uso excesivo de pantallas y las formas sanas de administrarlas, se dejan sin resolver aspectos fundamentales de la formación.
Esta problemática se puede transformar en una importante oportunidad educativa para niños, niñas y adolescentes: enseñar a administrar la atención, comprender los efectos de la tecnología, desarrollar criterios para su uso responsable, y fortalecer habilidades para la sana convivencia, ya sea de manera presencial o virtual. Las normas sobre el uso del celular en colegios pueden ayudar a cuidar ese espacio, pero su verdadero valor educativo aparece cuando se acompañan de algo más profundo: la formación de criterios y hábitos para que vayan aprendiendo a regular su uso con libertad y responsabilidad en un mundo digitalizado.
La educación en torno al uso de la tecnología se vuelve indispensable en un mundo digitalizado que llegó para quedarse y que, nos guste o no, va en aumento de manera acelerada. No basta con que los colegios se transformen en una “isla” libre de celulares, ni con prohibir su uso hasta cierta edad, porque los estudiantes forman parte de una cultura digital que atraviesa todos los espacios de su vida, y al que tarde o temprano accederán. Después de la jornada escolar los estudiantes pueden vuelven a sus casas, a sus redes y a sus pantallas.
En este contexto, colegios y las familias tienen la responsabilidad de transmitir y modelar formas saludables de relación con la tecnología: aprender a gestionar la atención, a regular el tiempo de conexión y a desarrollar una mirada crítica frente a los contenidos que consumen. De lo contrario, existe el riesgo de que niños y adolescentes terminen subordinados a dispositivos diseñados precisamente para capturar su tiempo, interés y atención.